viernes, 30 de marzo de 2012

Los Colosos de Memnón


De camino a las necrópolis reales del Imperio Nuevo, se elevan dos grandes figuras desgastadas por el tiempo. Los griegos les dieron el nombre de Colosos de Memnón, el “hijo de la aurora”. La leyenda contaba que, al amanecer, Memnón lloraba su muerte en la guerra de Troya ante su madre.

En la orilla occidental del Nilo, en el camino de Tebas a Medinet Habu y el Valle de las Reinas, se alzan dos imponentes estatuas sedentes del faraón Amenhotep III. Más conocidas con el nombre griego de los Colosos de Memnón, estas estatuas son los últimos vestigios del templo funerario del faraón y precedían al primer pilono que flanqueaba la entrada. La obra se debió al arquitecto favorito de Amenhotep III, Amenhotep hijo de Hapu, a quien el rey en prueba de gratitud por su labor constructora, le permitió edificar, en Deir el-Bahari, su propio templo funerario. La fama de este arquitecto llegó a ser tal que, en épocas posteriores, se le rindió culto como divinidad sanadora, si bien es cierto que su caso no fue el único en la historia de Egipto; en el Imperio Antiguo, el constructor de la pirámide escalonada del Saqqara, Imutes, recibió ese mismo tratamiento. El templo desapareció debido a varios factores, entre otros su ubicación y los materiales empleados. El hecho de que fuera emplazado en la llanura que el Nilo inundaba anualmente hizo que se disgregase paulatinamente el ladrillo crudo que se había utilizado en su construcción. Además, en épocas posteriores. El templo fue utilizado como cantera para otras construcciones.




Los colosos iban tocados con el nemes, las diosas protectoras de la monarquía ceñían la cabeza de Menmnón. En el paisaje del siglo XIX la llanura aparece inundada por el Nilo.

Junto a una de las piernas de Amenhotep III aparece la estatua que representa a su madre, Mutemuya.

Amenhotep III fue uno de los faraones que, a primera vista, no destacó por ningún hecho espectacular. Durante su reinado (1402-1364), Egipto vivió una etapa de esplendor económico y cultural, y un período de paz interior y exterior. De esta época tan tranquila, destacan, en lo religioso, el acercamiento del rey del clero de Heliópolis y al culto solar, aunque continuó respetando el sacerdocio de Amón. En lo civil, desplegó una intensan actividad constructora, centrada en templos y monumentos. Bajo su reinado se fijá definitivamente la planta clásica del templo egipcio, patio portificado, sala hipóstila y capilla del dios. Estableció además, el uso de la escultura colosal para reflejar el carácter divino del rey.


En la construcción de los Colosos se emplearon dos bloques de cuarcita. Por su composición mineral se sabe que no provenían de Tebas, sino de unas canteras situadas cerca del actual El Cairo, y que fueron trasladados hasta su actual ubicación. El sistema de transporte utilizado no es muy conocido. Con todo, si se presta atención a la descripción de un traslado que se realizó durante la Dinastía XII, cabe suponer que se utilizó un barco para llevar los bloques río arriba y que una vez desembarcados, se cargaron en un trineo para arrastrarlos hasta su actual emplazamiento.

Un seísmo en el año 27 destruyó parcialmente el busto del coloso septrentional. Sin embargo, las estatuas siguieron atrayendo a muchos viajeros a pesar de su deterioro. Al salir el sol, las grietas producidas por aquel terremoto se dilataban, provocando un sonido similar al llanto. Este fenómeno, célebre en la antigüedad atrajo a importantes historiadores, geógrafos y emperadores, que dejaron constancia de su visita en libros o estampando su rúbrica en las estatuas. En el siglo II de nuestra era, una restauración acalló ese llanto para siempre, sin restar por ello majestuosidad a los Colosos.





NOTICIA SOBRE EL TERCER COLOSO DE MEMNÓN


Un equipo internacional, a cuyo mando ha estado en los últimos nueve años el arqueólogo español Miguel Ángel López, ha resucitado el tercer coloso de Memnon en el mismo lugar donde la estatua estuvo oculta bajo el agua; en ese sitio un terremoto la destruyó alrededor del año 1200 a.C. mientras que el fango y la lluvia la sepultaron. En este esplendoroso espacio, junto a Luxor, en el sur de Egipto, el ministro egipcio de Antigüedades, Mohamed Ibrahim Alí, recordó ayer los infatigables trabajos dirigidos por la armenia Hourig Sourouzian, que comenzaron en 1998, para conservar el lugar.
«Es una gran satisfacción salvar a los monumentos del abandono, la destrucción y el expolio», señaló a Efe Sourouzian, que abogó por devolver la «dignidad» que en su día tuvieron estas piezas para que en un futuro puedan ser valoradas por los visitantes.
En el caso del templo de Amenofis III, la técnica empleada para erigir estructuras de dimensiones colosales «fue mano a mano con el arte», aseguró la arqueóloga. Levantada en el segundo pilono de los tres que integran el templo fúnebre, esta escultura de cuarcita y unos 15 metros de altura representa a Amenhotep III (Amenofis III, en griego) sentado en un trono y acompañado por la reina Tiye, perfectamente perfilada al lado de la pierna derecha del faraón.






Momentos difíciles

Miguel Ángel López confesó que vivió los momentos más difíciles cuando tuvo que despegar del suelo el cuerpo del coloso —de 250 toneladas— y desplazarlo hasta reubicarlo en su lugar y posición originales. Para ello, hubo que emplear cojines de aire comprimido debajo del cuerpo, al igual que poleas y la fuerza de trescientos obreros para levantar la escultura «al más puro estilo faraónico».
Tras añadir un pie que pesa 14 toneladas, quedaba todavía por colocar la cabeza, las piernas y la espalda de esta agrietada figura que lleva por nombre el del rey a quien los griegos llamaron Memnon, un monarca de Etiopía que luchó en la guerra de Troya. Está previsto que este templo, compuesto por tres patios, un peristilo, una sala hipóstila y un santuario, se convierta en un museo que permita observar la obra de Amenofis III.


Espero que os guste el tema, un saludo, Isis.

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